lun. Oct 14th, 2019

El día que se cayó el sol sobre Hiroshima: La bomba atómica

Si eres seguidor de nuestro Instagram (@despertarsabiendo.official) o de nuestro Facebook (/DespertarSabiendo) sabrás que un día como hoy, hace 74 años a las 8:16 AM hora japonesa, un bombardero B-29 estadounidense, llamado “Enola Gay”, arroja la primera bomba atómica de la historia sobre la ciudad de Hiroshima. Aproximadamente 80.000 personas mueren como consecuencia directa de la explosión, y otras 35.000 resultan heridas. Alrededor de 60.000 personas más morirían antes de fin de año por los efectos de la lluvia radiactiva.

Sin lugar a duda fue un genocidio macabro causado por un arma nunca antes vista en la historia de la humanidad. Muchos catalogan este acto como un gran “atentado terrorista” perpetrado en nombre de la democracia.

En agosto de 1939, Franklin D. Roosevelt (presidente de Estados Unidos en ese entonces) puso en marcha el Proyecto Manhattan, un proyecto de investigación y desarrollo llevado a cabo durante la Segunda Guerra Mundial que produjo las primeras armas nucleares, con seis mil dólares de capital inicial.

Entre el grupo de científicos que conformaban este proyecto se encontraban: Leo Szilard, Eugene Paul Wigner y Albert Einstein.

El 2 de diciembre de 1942, el italiano Enrico Fermi dividió un átomo de uranio y liberó neutrones, los cuales, a su vez, pueden dividirse en más átomos de uranio: la reacción en cadena. Ese fue el primer gran logro. De ahí en adelante, los científicos fueron resolviendo los diversos problemas que presentaba la creación de la bomba.

Pero, ¿por qué comenzaron a investigar este tipo de bombas?

Porque en agosto de 1939 Franklin D. Roosevelt recibió una carta donde se hablaba de una nueva bomba, extremadamente poderosa, desconocida. La capacidad de destrucción de esa bomba era inimaginable. En manos de Adolf Hitler podía ser muy peligrosa, por lo que decidieron adelantarse.

Sin embargo, en 1944 los servicios de inteligencia norteamericanos tuvieron la certeza que los físicos de Hitler no estaban construyendo la bomba atómica. La información se filtró en Los Álamos. Las discusiones entre los físicos versaban sobre si debían continuar con el proyecto o no, dada la nueva situación. El poder político desoyó estas objeciones y ordenó seguir adelante.

La comandancia militar constituyó el cuerpo 509, al mando de Paul Tibbets, quien reclutó a los mejores hombres de las fuerzas armadas norteamericanas para su nueva unidad. Ellos iban a ser los encargados de arrojar la bomba atómica.

El Proyecto Manhattan era extremadamente confidencial. Muy poca gente sabía de él. Por ejemplo, Harry S. Truman a pesar de ser vicepresidente de Roosevelt no lo sabía, días después de asumir como presidente de Estados Unidos en 1945 luego de la muerte de Roosevelt, producto de una hemorragia cerebral masiva, le informaron de la existencia de Los Álamos y de su producción.

Con Alemania derrotada y Japón muy debilitada, muchos de los implicados expresaron su reticencia al uso de la bomba, dado su poder destructor. Ellos trabajaban en oposición a Hitler. Se había disipado el temor a que él dispusiera la bomba antes que ellos y sojuzgará al mundo por lo que se sugirió un plan alternativo: convocar científicos japoneses y veedores imparciales para hacerles una demostración en algún punto despoblado. Esa demostración debía tener, sostenían, la suficiente fuerza persuasiva para obtener la rendición japonesa. La idea no tuvo aceptación.

De todos modos, la prueba se hizo. Fue el 16 de julio de 1945. Fue en Alamogordo, Nueva México. El estruendo fue aterrador. El hongo de tierra y fuego se elevó hasta el cielo. Nadie había visto nunca algo similar. Algunos pensaron que la bomba había penetrado la corteza de la Tierra.

Poco tiempo después, el presidente Harry S. Truman, el 26 de julio de 1945 en actitud de venganza por los atentados de Pearl Harbor, instó al pueblo japonés a rendirse, por medio de la Declaración de Potsdam, de lo contrario advirtió que sufrirían una devastadora destrucción.

Japón se negó.

La bomba fue embarcada en el crucero de guerra Indianápolis y debía transportarla hasta Tinian, la base norteamericana más importante del Pacífico. Allí sería cargada en el B- 29 de Tibbets, al que éste había bautizado Enola Gay, el nombre de su madre.

Hasta último momento no se había decidido sobre qué ciudad el Enola Gay lanzaría su carga mortífera. Había cuatro posibilidades: Kokura, Hiroshima, Niigata y Kyoto. La primera opción había sido Kyoto.

Las ciudades debían poseer un requisito indispensable para integrar esta lista: No haber sufrido antes bombardeo alguno. Debía quedar en evidencia el colosal poder destructor de la nueva bomba, sin que existiera duda alguna y lamentablemente –aunque en su momento se consideraron afortunados- Hiroshima no había recibido bombardeos en toda la guerra, por lo que se convirtió en el objetivo principal.

En la madrugada del 6 de agosto, un avión sobrevoló el cielo de Hiroshima. Sonó, como casi todas las madrugadas del último mes, la alarma antiaérea. Nadie se preocupó en demasía. Era un B-san (Señor B), como los japoneses llamaban a los B-29. Sólo uno. Pero ese B-29 no era uno más. Era el Straight Flush comandado por Claude Eatherly, integrante del cuerpo 509.

Eatherly debía hacer la ruta que sólo una hora después haría el Enola Gay y comprobar las condiciones meteorológicas.

El Enola Gay continuó su marcha con confiada tranquilidad. Little Boy (el nombre con el que habían apodado a la bomba atómica) esperaba ser lanzada. Una hora después el Enola Gay ya sobrevolaba Hiroshima.

Eran las 8:15 AM del 6 de agosto de 1945. El último minuto que marcó un antes y un después.

Con la muerte instantánea de más de cien mil personas. Más de ochenta mil muertos en nueve segundos. El setenta por ciento de las viviendas absolutamente destruidas. Sesenta mil heridos de gravedad. La gran mayoría de ellos murió en los días y meses subsiguientes como consecuencia de la explosión atómica.

Nada quedó con vida a un kilómetro y medio a la redonda del epicentro de la explosión. Ni siquiera vestigios. Todo se evaporó. Todo quedó convertido en polvo radiactivo. Las personas se desintegraron. No quedaron restos que identificar. Sopladas por la onda expansiva, la imagen de alguien quedó grabada en el pavimento agrietado.

Pero esto no era el fin, la radiación comenzaba a surtir efecto en los hibakusha (personas afectadas por una explosión: los japoneses evitan llamarse sobrevivientes).

Fuentes: