Jue. Dic 12th, 2019

¿Quién fue: Sócrates?

(Atenas, 470 a.C. – id., 399 a.C)

Sócrates fue un filósofo griego de gran importancia del período clásico, período también conocido a menudo como el período socrático en su honor. Fue considerado como el padre de la filosofía occidental y a diferencia de la mayoría de los filósofos presocráticos que vinieron antes que él, que estaban mucho más interesados en establecer cómo funciona el mundo, Sócrates estaba más interesado en cómo la gente debería comportarse, y fue considerado como el primer gran filósofo de la Ética. Platón era su alumno más famoso y también le enseñaría a Aristóteles quién sería el tutor de Alejandro Magno. Con esta progresión, la filosofía griega, desarrollada por primera vez por Sócrates, se extendió por todo el mundo durante las conquistas de Alejandro.

Pocas cosas se conocen con certeza de la biografía de Sócrates. Fue hijo de una comadrona, Faenarete, y de un escultor, Sofronisco, emparentado con Arístides el Justo. En su juventud siguió el oficio de su padre y recibió una buena instrucción; es posible que fuese discípulo de Anaxágoras, y también que conociera las doctrinas de los filósofos eleáticos (Jenófanes, Parménides, Zenón) y de la escuela de Pitágoras.

Aunque no participó directamente en la política, cumplió ejemplarmente con sus deberes ciudadanos. Sirvió como soldado de infantería en las batallas de Samos (440 a.C), Potidea (432 a.C), Delio (424 a.C) y Anfípolis (422 a.C), episodios de las guerras del Peloponeso en que dio muestras de resistencia, valentía y serenidad extraordinarias. Fue maestro y amigo de Alcibíades, militar y político.

Se tiene por cierto que Sócrates se casó, a una edad algo avanzada, con Xantipa, quien le dio dos hijas y un hijo. Cierta tradición ha perpetuado el tópico de la esposa despectiva ante la actividad del marido y propensa a comportarse de una manera brutal y soez. En cuanto a su apariencia, siempre se describe a Sócrates como un hombre rechoncho, con un vientre prominente, ojos saltones y labios gruesos, del mismo modo que se le atribuye también un aspecto desaliñado.

La mayor parte de cuanto se sabe sobre Sócrates procede de tres contemporáneos suyos: el historiador Jenofonte, el comediógrafo Aristófanes y el filósofo Platón. Jenofonte retrató a Sócrates como un sabio absorbido por la idea de identificar el conocimiento y la virtud, pero con una personalidad en la que no faltaban algunos rasgos un tanto vulgares. Aristófanes lo hizo objeto de sus sátiras en una comedia, Las nubes (423 a.C), donde es caricaturizado como engañoso artista del discurso y se le identifica con los demás representantes de la sofística, surgida al calor de la consolidación de la democracia en el siglo de Pericles. Estos dos testimonios matizan la imagen de Sócrates ofrecida por Platón en sus Diálogos, en los que aparece como figura principal, una imagen que no deja de ser en ocasiones excesivamente idealizada, aun cuando se considera que posiblemente sea la más justa.

La mayéutica

Al parecer, y durante buena parte de su vida, Sócrates se habría dedicado a deambular por las plazas, mercados, palestras y gimnasios de Atenas, donde tomaba a jóvenes aristócratas o a gentes del común (mercaderes, campesinos o artesanos) como interlocutores para sostener largas conversaciones, con frecuencia parecidas a largos interrogatorios. Este comportamiento correspondía, sin embargo, a la esencia de su sistema de enseñanza, la mayéutica.

El propio Sócrates comparaba tal método con el oficio de comadrona que ejerció su madre: se trataba de llevar a un interlocutor a alumbrar la verdad, a descubrirla por sí mismo como alojada ya en su alma, por medio de un diálogo en el que el filósofo proponía una serie de preguntas y oponía sus reparos a las respuestas recibidas, de modo que al final fuera posible reconocer si las opiniones iniciales de su interlocutor eran una apariencia engañosa o un verdadero conocimiento.

En sus conversaciones filosóficas, al menos tal y como quedaron reflejadas en los Diálogos de Platón, Sócrates sigue, en efecto, una serie de pautas precisas que configuran el llamado diálogo socrático. A menudo comienza la conversación alabando la sabiduría de su interlocutor y presentándose a sí mismo como un ignorante: tal fingimiento es la llamada ironía socrática, que preside la primera parte del diálogo. En ella, Sócrates proponía una cuestión (por ejemplo, ¿qué es la virtud?) y elogiaba la respuesta del interlocutor, pero luego oponía con sucesivas preguntas o contraejemplos sus reparos a las respuestas recibidas, sumiendo en la confusión a su interlocutor, que acababa reconociendo que no sabía nada sobre la cuestión.

Tal logro era un punto esencial: no puede enseñarse algo a quien ya cree saberlo. El primer paso para llegar a la sabiduría es saber que no se sabe nada, o, dicho de otro modo, tomar conciencia de nuestro desconocimiento. Una vez admitida la propia ignorancia, comenzaba la mayéutica propiamente dicha: por medio del diálogo, con nuevas preguntas y razonamientos, Sócrates iba conduciendo a sus interlocutores al descubrimiento (o alumbramiento) de una respuesta precisa a la cuestión planteada, de modo tan sutil que la verdad parecía surgir de su mismo interior, como un descubrimiento propio.

La filosofía de Sócrates

Al prescindir de las preocupaciones cosmológicas que habían ocupado a sus predecesores desde los tiempos de Tales de Mileto, Sócrates imprimió un giro fundamental en la historia de la filosofía griega, inaugurando el llamado periodo antropológico. La cuestión moral del conocimiento del bien estuvo en el centro de las enseñanzas de Sócrates. Como se ha visto, el primer paso para alcanzar el conocimiento consistía en la aceptación de la propia ignorancia, y en el terreno de sus reflexiones éticas, el conocimiento juega un papel fundamental. Sócrates piensa que el hombre no puede hacer el bien si no lo conoce, es decir, si no posee el concepto del mismo y los criterios que permiten discernirlo.

El ser humano aspira a la felicidad, y hacia ello encamina sus acciones. Sólo una conducta virtuosa, por otra parte, proporciona la felicidad. Y de entre todas las virtudes, la más importante es la sabiduría, que incluye a las restantes. El que posee la sabiduría posee todas las virtudes porque, según Sócrates, nadie obra mal a sabiendas: si, por ejemplo, alguien engaña al prójimo es porque, en su ignorancia, no se da cuenta de que el engaño es un mal. El sabio conoce que la honestidad es un bien, porque los beneficios que le reporta (confianza, reputación, estima, honorabilidad) son muy superiores a los que puede reportarle el engaño (riquezas, poder, un matrimonio conveniente).

El ignorante no se da cuenta de ello: si lo supiese, cultivaría la honestidad y no el engaño. En consecuencia, el hombre sabio es necesariamente virtuoso (pues conocer el bien y practicarlo es, para Sócrates, una misma cosa), y el hombre ignorante es necesariamente vicioso. De esta concepción es preciso destacar que la virtud no es algo innato que surge espontáneamente en ciertos hombres, mientras que otros carecen de ella. Todo lo contrario: puesto que la sabiduría contiene las demás virtudes, la virtud puede aprenderse; mediante el entendimiento podemos alcanzar la sabiduría, y con ella la virtud.

Con su conducta, Sócrates se granjeó enemigos que, en el contexto de inestabilidad en que se hallaba Atenas tras las guerras del Peloponeso, acabaron por considerar que su amistad era peligrosa para aristócratas como sus discípulos Alcibíades o Critias; oficialmente acusado de impiedad y de corromper a la juventud, fue condenado a beber cicuta después de que, en su defensa, hubiera demostrado la inconsistencia de los cargos que se le imputaban. Según relata Platón en la Apología que dejó de su maestro, Sócrates pudo haber eludido la condena, gracias a los amigos que aún conservaba, pero prefirió acatarla y morir, pues como ciudadano se sentía obligado a cumplir la ley de la ciudad, aunque en algún caso, como el suyo, fuera injusta; peor habría sido la ausencia de ley. La serenidad y la grandeza de espíritu que demostró en sus últimos instantes están vivamente narradas en las últimas páginas del Fedón.

Las enseñanzas de Sócrates han tenido un gran impacto en la sociedad actual, principalmente en el ámbito de la educación, pues él quería que los alumnos aprendieran y lograran alcanzar un objetivo educativo. Fue la primera persona que decidió utilizar métodos activos para lograr el aprendizaje, y distinguió lo concreto de lo abstracto. También explicó que las artes y las ciencias son medios para lograr alcanzar el conocimiento, pero que lo más importante es la dialéctica, ya que mezcla todas las cosas para que puedan ser vistas como un conjunto.

Frases célebres de Sócrates:

  • Yo solo sé que no sé nada
  • Solo hay un bien: el conocimiento. Solo hay un mal: la ignorancia
  • La verdadera sabiduría está en reconocer la propia ignorancia
  • Habla para que yo te conozca
  • El mayor de todos los misterios es el hombre
  • El amigo ha de ser como el dinero, que antes de necesitarlo, se sabe el valor que tiene
  • La mejor salsa es el hambre
  • Solo es útil el conocimiento que nos hace mejores
  • Yo soy un ciudadano, no de Atenas o Grecia, sino del mundo
  • Los jóvenes hoy en día son unos tiranos. Contradicen a sus padres, devoran su comida, y le faltan al respeto a sus maestros.

Temática sugerida por: Ramiro y Yerko.H

Fuentes:

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