Sáb. Nov 16th, 2019

Animales que se drogan

El consumo de sustancias ajenas que distorsionan la percepción de nuestra realidad viene de mucho tiempo antes que se haga “mundialmente popular”.

Nuestros ancestros (indígenas) ya lo consumían, ya sea para comunicarse con sus dioses o para soportar ambientes difíciles. Por ejemplo los indígenas de los Andes mordían las hojas de coca para poder estar en superficies de baja atmosfera y alta presión. Y no lo hacían con maldad, ya que la propia Pachamama se los otorgaba.

Pero no solo el animal más inteligente del planeta lo hacía (y hace), las otras especies también lo hacen. El reino animal acude a sustancias psicotrópicas para purificarse, limpiar su sistema digestivo, excitarse, aumentar su rendimiento o simplemente drogarse.

El animal más cercano que lo hace es el gato. Le sirve para limpiar su sistema digestivo y ya que contiene nepetalactoae, un terpeno que hace de sustituto de las feromonas sexuales felinas. Una vez entrado en contacto con la hierba, el minino comienza a rodar por el suelo, lamiendo y mascando la planta, y a emitir los sonidos típicos de un gato que se lo está pasando bien.

Las más viciosas de todos son las cabras. Fue gracias a estos animales que el ser humano descubrió numerosas sustancias que luego han sido consumidas también por nuestra especie. Es el caso, por ejemplo, del café e incluso el frijol de mezcal, que causa alucinaciones iguales a las del peyote.

Los renos por su parte, se lo pasan excelente cuando ingieren pequeñas cantidades de Amanita muscaria, una seta venenosa y psicoactiva, utilizada durante miles de años por los chamanes de Europa y Asia.

Los mandriles consumen la iboga, una planta cuyas raíces son alucinógenas. El mandril macho, en particular, come la planta justo antes de una pelea. Suele hacerlo unas dos horas antes de la lucha, para permitir que la sustancia haga su efecto.

Algunos investigadores consideran que estos animales usan esta droga para aumentar la potencia y amortiguar el dolor causado por los golpes.

Los delfines capturan a un pez globo y lo consumen por turnos, golpeándole suavemente con el morro para obligarle a liberar pequeñas cantidades de toxina narcótica.

Las moscas, tienen una gran afición por lamer un ácido producido por la caperuza de algunas setas venenosas. Como resultado, experimentan una sensación de placer extremo, que las deja atontadas hasta el punto de convertirse en un blanco fácil para algunos sapos, que se aprovechan para comérselas sin ningún esfuerzo, alimentándose y tomándose una pequeña dosis de setas alucinógenas de rebote.

Los canguros después de comerse las amapolas se vuelven eufóricos y comienzan a correr en círculos por el campo.

Cuando los norteamericanos bombardearon Vietnam en los años 60, observaron un comportamiento extraño en los búfalos autóctonos que comenzaban a alimentarse igualmente de amapolas. Esto no se debía a que era lo único a lo que tenían acceso, porque había otras fuentes de alimento. Los expertos creen que comían amapolas por sus efectos estupefacientes, para tranquilizar su estrés causado por las bombas.

Los lémures de Madagascar no son nada tontos, y han descubierto que los milpiés tienen una toxina que ahuyenta a los insectos. Por eso, se frotan con este compuesto para evitar las picaduras de insecto. Y, por si esto fuera poco, el químico les hace quedarse totalmente drogados.

Los grandes felinos como los Jaguares buscan las hojas de la planta Banisteriopsis caapi, y roer en ellos hasta tener alucinaciones. Algunas tribus indias imitan el comportamiento de este felino y la consumen también para tratar de aumentar sus habilidades como cazadores.

Como ves, consumen estas plantas alucinógenas de forma “consciente” (por voluntad propia) y sin hacer un mal alguno, porque como dijimos al principio, es un regalo de la Pachamama. Eso sí, las drogas que ellos consumen vienen directamente de la tierra, por ende son naturales y no lo hacen de forma excesiva.

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