dom. May 26th, 2019

El caso de los Puccio

Corría la década del 80. Los Puccio, una familia que vivía en San Isidro, tenían un local de artículos de deportes náuticos en la planta baja de su vivienda, ubicada en Martín y Omar al 500. También eran dueños de un bar que funcionaba en el edificio de al lado. A Arquímedes, jefe de la familia, se lo veía permanentemente barriendo la vereda, a cualquier hora. La suya y la del frente. Le decían “el loco de la escoba”

Pero esa conducta aparentemente inocente ocultaba algo que saldría a la luz años más tarde: el verdadero negocio de los Puccio eran los secuestros extorsivos. Arquímedes, un contador público que llegó a ser vicecónsul, barría para tapar los ruidos que provenían del sótano en donde retenían a sus victimas

Los secuestros

El 22 de julio de 1982 Ricardo Manoukian, de 23 años, desapareció sin dejar rastros. Poco después su familia recibió un pedido de rescate de US$ 250.000, que pagaron con la esperanza de recuperar al joven con vida. Sin embargo, y a pesar del pago, Manoukian fue asesinado el 30 de julio de ese mismo año de tres disparos en la cabeza.

La víctima era conocida de Alejandro Puccio, uno de los 5 hijos del matrimonio de Arquímedes con Epifanía Ángeles Calvo, quien era un renombrado jugador del Club Atlético San Isidro (CASI)

El baño en el primer piso donde estuvo secuestrado Ricardo Manoukian, maniatado y con los ojos vendados dentro de la bañera, antes de que lo asesinaran a sangre fría

No pasó ni un año antes de que tuviera lugar otro hecho similar y en el mismo entorno. El 5 de mayo de 1983 Eduardo Aulet, ingeniero y también jugador del CASI, fue secuestrado cuando iba en auto al trabajo. Su familia pagó el rescate, esta vez de US$ 150.000. Aulet fue asesinado y su cuerpo fue hallado cuatro años después.

En junio de 1984, el empresario Emilio Naum detuvo su vehículo al ver que Arquímedes le hacía señas, sin sospechar que intentaban secuestrarlo. Pero Naum ni siquiera llegó a ser capturado, porque al darse cuenta de lo que sucedía, intentó resistirse y fue asesinado de un balazo.

Los Puccio también secuestraron a la empresaria Nélida Bollini de Prado. El 23 de agosto de 1985 la policía irrumpió en la vivienda del Clan. Bollini de Prado llevaba más de un mes en cautiverio en el sótano. Alejandro y su novia estaban en la casa cuando llegó la policía. El resto del clan fue detenido cuando intentaba cobrar el rescate. Ni Arquímedes ni Alejandro reconocieron jamás ser los autores de los secuestros y asesinatos. Para los investigadores también formaron parte de esta organización criminal Daniel Puccio, otro de los hijos de Arquímedes, el militar retirado Rodolfo Franco y sus amigos Guillermo Fernández Laborde y Roberto Oscar Díaz.

Arquímedes en el balcón que daba a su escritorio y al cual se accedía por una escalera caracol junto a su hijo Guillermo y los albañiles que construyeron el sótano

«Teníamos la puerta de sótano siempre cerrada para que no se cayera la tortuga».

Epifanía Ángeles Calvo habló sin ninguna emoción, sin lágrimas, sin desesperación. Frente a la jueza María Romilda Servini lanzó esta frase banal y sin sentido -digna de una novela de ficción- solo cinco días después de que la policía encontrara a una mujer encadenada a un camastro, en un cuartucho oscuro y sofocante, en el sótano de su casa familiar en San Isidro.

Fue hace 33 años cuando la jueza rescató de un infierno de 32 días a la empresaria Nélida Bollini de Prado y logró desbaratar al clan Puccio.

La mujer conversó tranquila, como si se tratara de una reunión social entre amigas y no de una indagatoria judicial, ajena al horror de tener a toda su familia detenida por el aberrante delito de secuestro extorsivo. Su hijo mayor Alejandro investigado por haber estado en la casa la noche del allanamiento: «Estaba custodiando a la detenida», sospecharon los investigadores. Su otro hijo, Daniel «Maguila», cómplice del secuestro: fue quien empujó a la mujer de 58 años dentro de la camioneta Mitsubishi cuando la «levantaron» en el barrio de Caballito. Su hija Silvia Inés, profesora de arte y cerámica, investigada. Y su hija menor, Adriana, de solo quince años, alojada en el instituto de menores Santa Rosa. Todos estaban privados de su libertad.

Silvia, Guillermo (que vivía en Nueva Zelanda) y Maguila

El viernes 23 de agosto de 1985, a las siete de la tarde, doce patrulleros rodearon la esquina de Martín y Omar y 25 de Mayo, en pleno corazón del San Isidro histórico. Cuarenta efectivos de Defraudaciones y Estafas, dirigidos por la magistrada, irrumpieron con violencia en la casa. Solo una hora antes habían atrapado a Arquímedes Puccio, a su hijo Maguila, y a su cómplice Guillermo Fernández Laborda en una estación de servicio cerca de la cancha de Huracán mientras llamaban a los hijos de la víctima para cerrar el pago de los 186 mil dólares que exigían por el rescate.

La empresaria secuestrada, llorando, había expuesto su tormento. «Me bajaron enseguida del auto, sentí que un animal se rascaba. ‘Trae el candado y el alambre’, le dijo uno al otro'». Le sacaron la capucha negra, la encadenaron a la cama, le llevaron un tacho para que hiciera sus necesidades.

Detrás de ese placard, en el sótano, se escondía la puerta que llevaba a la “cárcel” que Puccio había construido en su casa

Puccio aseguró ante la justicia que la banda había cocinado siempre en el sótano para alimentar a la mujer: «Fideos, arroz, cosas que no dejaban olor». El testimonio de Bollini de Prado lo desmintió: «Una noche me llevaron un bife seco que no pude comer, otra vez una suprema de pollo. Siempre en plato descartable. Escuchaba voces de personas que bajaban y se reían, de gente grande y de jóvenes, pero inmediatamente subían el volumen de la radio. Era una tortura: dejaban el aparato siempre encendido en un volumen muy alto… Tuve que pedirles que lo bajaran porque no me dejaba dormir«.

«Entre la 1:30 y las 2 de la madrugada bajaban personas por la escalera. A la mañana escuchaba una cerradura que se abría y luego llegaba Guillermo que me traía el desayuno. Ponían un ventilador, pero el lugar era sofocante. En dos oportunidades escuché a alguien a quien llamaban ‘Alejandro’. No sentí que se cocinara en el lugar. Guillermo siempre me decía ‘a ver qué cocinó la otra gente, ya que la cocina no está en mis manos’. Durante el día escuchaba tres o cuatro voces que hablaban de mis bienes y de mi familia», siguió al borde del colapso nervioso.

La prisionera conservaba su reloj, así que supo que transcurría el día 16 de cautiverio cuando su custodio llegó exultante y le dijo que iban a festejar porque ya estaban por cerrar el pago del rescate con sus hijos. «Me ofrecieron un peine y si quería lavarme la cabeza. Yo les dije que si iban a dejarme en libertad prefería lavarme en mi casa, ya que estaba acostumbrada a secarme el pelo. Guillermo me dijo: ‘Yo le consigo un secador'».

El sofocante cuartucho en el sótano donde Nélida Bollini de Prado permaneció encadenada al camastro durante el cautiverio

«El tacho de servicio lo sacaba Guillermo hasta la escalera, pero otra persona lo tiraba en el baño” (Maguila confesó que él echaba en el baño los desperdicios; Puccio, en cambio, dijo que era él quien los arrojaba en la calle cuando caía la noche).

«El último día que estuve detenida Guillermo me ofreció un té con galletitas, pero lo vi turbio y pensé que me querían dormir así que lo fui tirando de a poco en el tacho. Me trajeron después la comida y me dijeron que lo hacían temprano porque faltaba gente. Escuché que cerró la puerta con llave, que corrió algo y que cerró otra puerta con llave. Identifiqué voces de hombres, la de Guillermo y la del ‘comandante’, mientras la radio continuaba encendida. A eso de las ocho escuché pasos livianos que bajaban la escalera, como si estuvieran controlando…», finalizó.

La Doctora María Servini cierra el grueso cuerpo del expediente. Y define en once palabras el caso que más la impactó en su larga carrera judicial: «Arquímedes era un psicópata y los Puccio una familia muy enferma».

Fuentes: lanacion.com.ar y infobae.com

Temática sugerida por: Bianca Abby